La línea de las 3:14
RelatoCada noche, a la misma hora, la línea municipal recibe una llamada desde un número que la compañía telefónica dio de baja hace seis años, preguntando siempre lo mismo sobre el cementerio.
La línea municipal recibe, en un turno normal, entre quince y veinte llamadas: un semáforo que parpadea, un perro que no para de ladrar en el piso de arriba, alguien que llama para confirmar el horario de recolección de residuos del barrio. Trabajo ahí desde hace dos años, siempre el turno de la noche, porque paga mejor y porque a esa hora nadie discute conmigo el horario de corte de agua.
El sistema registra cada llamada con número de origen, hora exacta y una transcripción automática que después reviso a mano. Es un trabajo de rutina, y fue la rutina la que me hizo notar que había una llamada que no se parecía a ninguna de las otras: nada de semáforos, de perros, de horarios de recolección. Siempre a las 3:14, siempre la misma voz, siempre la misma pregunta, sin relación con nada de lo que suele pedir un vecino de este barrio a esa hora. La noté por primera vez un martes: preguntaba si el cementerio municipal recibía visitas a esa hora, y si el sector de tumbas sin identificar seguía en el mismo lugar del fondo. Colgó antes de que terminara de contestar. No le di importancia. Al miércoles siguiente, otra vez 3:14, la misma pregunta, el mismo cementerio. Y otra vez el jueves.

Un reloj cualquiera, en un escritorio cualquiera — la única prueba de la hora exacta, antes de que empezara a cronometrarla.
Empecé a anotarlo aparte, en un cuaderno mío, no en el sistema. Tres semanas seguidas, siempre 3:14, siempre la misma pregunta, siempre corta antes de que yo termine de hablar. Un día tenía tiempo de sobra y decidí seguir la llamada en el sistema en vez de solo atenderla: el número de origen correspondía a una línea fija de la calle Belgrano, dada de baja —decía el registro de la compañía— hace seis años por falta de pago.
Llamé a la compañía al otro día, en mi horario, con el número anotado. La chica que me atendió confirmó lo mismo que ya había visto: la línea estaba dada de baja desde 2020, sin titular activo, sin ningún servicio asociado desde entonces. Le pregunté si podía haber algún error de sistema, algún reciclado de número. Me dijo que no, que un número dado de baja queda en cuarentena varios años antes de poder asignarse de nuevo, y que ese en particular seguía en cuarentena.

El mismo papel que cualquiera podría pedir en una oficina de atención al cliente. La fecha de baja no dejaba margen para el error de sistema.
Esa noche decidí no cortar la conversación cuando llegara. A las 3:14 sonó, como todas las noches. Atendí y, en vez de repetir el guion de siempre, le pregunté quién hablaba. Silencio. Volví a preguntar. La voz, la misma de siempre, dijo otra vez la misma pregunta sobre el cementerio, como si no hubiera escuchado nada de lo que yo acababa de decir. Insistí una tercera vez. Cortó a las 3:14 y veintitrés segundos, igual que todas las otras noches, con una precisión que no había notado hasta que empecé a cronometrarla.
Pedí el archivo de audio de esa llamada al día siguiente, para llevárselo a mi supervisor. El sistema guarda automáticamente cada conversación en un archivo con la hora exacta en el nombre. El archivo de esa noche estaba, con la duración correcta —veintitrés segundos— pero al reproducirlo no había nada: silencio limpio, sin ruido de línea, sin mi propia voz preguntando quién hablaba. La transcripción automática, en cambio, sí tenía el texto completo, con la pregunta sobre el cementerio escrita tres veces, una por cada vez que insistí. El sistema había transcripto algo que el archivo de audio no contenía.

La onda queda muda del todo. La transcripción, al lado, sigue teniendo las tres preguntas escritas, una por cada vez que insistí.
Pedí el cambio a turno mañana un mes después. Me lo dieron sin problema, hay menos gente que quiere esos horarios. La chica que quedó en mi turno de noche es nueva, y hace poco le pregunté, sin decirle por qué, si en algún momento había recibido una llamada rara a las 3:14, preguntando por un cementerio. Me miró como si no entendiera la pregunta. Revisó el sistema delante de mío, por las dudas, y no encontró nada raro en las últimas semanas.
Anoche sonó el teléfono de mi casa a las 3:14. Es una línea a mi nombre, particular, que pedí hace seis años cuando alquilé este departamento, sin ninguna relación con la central ni con ningún sistema municipal. Atendí. Del otro lado no había nadie preguntando por ningún cementerio: había el mismo silencio limpio que tenía el archivo de audio de aquella noche, sin ruido de línea de fondo, y cortó a los veintitrés segundos exactos, igual que cortaba siempre la otra llamada. No anoté la hora en ningún cuaderno esta vez. No hizo falta. Desde entonces duermo con el teléfono desenchufado, y todavía no decidí si es para no volver a escucharlo sonar, o porque una parte de mí no quiere perderse la próxima vez que suene.

