Pasillo de un depósito de guardamuebles de noche, con hileras de puertas metálicas numeradas bajo luz de emergencia.

Depósito 44

Relato

El libro de inspecciones de un depósito de guardamuebles tiene, mes tras mes, una firma mía en fechas que no puedo explicar: algunas antes de empezar a trabajar ahí, otras que todavía no llegaron.

El trabajo tiene una sola parte que importa: una vez por mes recorro las doscientas ochenta unidades del depósito, anoto el número de precinto de cada candado y lo comparo con el que figura en el libro. Si coincide, sigo. Si no coincide, aviso a administración y ellos llaman al inquilino. En dos años que llevo haciéndolo, no coincidió tres veces, y las tres fueron precintos rotos por el propio inquilino que había perdido la llave.

La unidad 44 está en el pasillo C, al fondo, donde no llega bien la luz de los tubos fluorescentes y hay que usar la linterna. Figura a nombre de una sucesión, sin datos de contacto actualizados, con la cuota al día desde hace nueve años por un débito automático que nadie parece administrar. Nunca vi a nadie entrar ni salir de ahí. El precinto siempre coincide.

IlustraciónCandado con precinto numerado sobre la puerta metálica de la unidad 44, iluminado por una linterna.

El mismo precinto, el mismo número, mes tras mes. Nunca hubo un motivo real para desconfiar de este candado en particular.

Hace tres meses empecé a sentir olor a humedad en ese tramo del pasillo, un olor que no estaba antes, ni siquiera en las inspecciones de verano. Se lo comenté al encargado, que revisó el techo por filtraciones y no encontró nada. El olor siguió, apenas, solo en esos tres o cuatro metros frente a la 44.

Lo que me hizo abrir el libro viejo —el de antes de que digitalizaran el sistema, que administración guarda en una caja por si hay algún reclamo legal— fue una discusión tonta con un compañero sobre cuánto tiempo llevaba trabajando ahí. Yo decía dos años. Él decía que me conocía de más tiempo. Para cerrar la discusión fui a buscar mi legajo.

Mi legajo dice que empecé a trabajar en el depósito en marzo de 2019. Yo no tengo dudas de cuándo empecé: fue en septiembre de 2023, lo sé porque coincidió con el nacimiento de mi sobrina y todavía tengo los mensajes de ese mes. Se lo mostré a administración. Me dijeron que debía ser un error de carga y lo corrigieron en el sistema nuevo. En el libro viejo, en papel, la fecha de marzo de 2019 sigue ahí, escrita a mano, con una letra que no es la mía pero que se parece más de lo que me gustaría a como firmaba antes de cambiar de estilo, hace justo esos mismos años.

IlustraciónFicha de personal con el campo 'Fecha de ingreso' mostrando una fecha años anterior a la que el empleado recuerda.

Administración lo llamó error de carga y lo corrigió en el sistema nuevo. El papel viejo, que nadie corrigió, sigue diciendo otra cosa.

Busqué mi nombre en el libro viejo, por las dudas, en los meses siguientes a esa fecha. La encontré: mi firma, en la inspección de julio de 2021, unidad 44 —dos años antes de que yo empezara a trabajar ahí, según todo lo que puedo recordar—, con el precinto anotado correcto, sin ninguna anomalía. La misma firma, comprobé después letra por letra, vuelve a aparecer cada julio siguiente, siempre en la unidad 44, siempre sin novedad, hasta el año en que se digitalizó el sistema y el libro dejó de usarse.

IlustraciónLibro de inspecciones antiguo abierto, con columnas de fecha, unidad, precinto y firma, todas marcando la unidad 44.

Siempre la misma unidad. Siempre sin novedad. Una firma que, letra por letra, se parece más de lo que debería a la mía.

Le pregunté al encargado más viejo, el único que sigue de la época del libro en papel, si se acordaba de mí de esos años. Me dijo que sí, medio dudando, que le sonaba mi cara de siempre, aunque no sabía ponerle una fecha exacta a cuándo había empezado a verme por ahí. No le insistí. Hay preguntas que uno hace una sola vez.

El mes pasado volví a abrir el cuaderno viejo, contra lo que me había prometido. No fue por el olor —esta vez no había olor, ni bueno ni malo, el pasillo C olía exactamente a lo que huele el resto del depósito—, fue porque quise comprobar algo antes de bajar a hacer la recorrida real de julio. Quería ver si alguien había vuelto a escribir en ese libro desde la última vez que lo tuve en las manos, hace tres meses. Nadie tendría que haberlo hecho: el sistema nuevo es el único que se usa desde 2023, y el precinto de administración que cierra esa caja seguía intacto.

La página de julio de este año ya estaba escrita. Decía unidad 44, precinto S-128635, sin novedad, con la fecha de hoy y mi firma. Ese número de precinto no lo tenía anotado en ningún otro lado —no había bajado todavía al pasillo C, no lo había visto en ningún candado real. Lo leí ahí, en el libro, antes de haber puesto un pie en esa parte del depósito. Bajé igual, hice la recorrida completa como todos los meses y llegué a la 44 al final, casi al mediodía. El precinto colgaba del candado, intacto: S-128635. El mismo número que ya estaba escrito en el libro cuando lo abrí, horas antes de verlo con mis propios ojos.

No sé si esa página la escribí yo, en algún momento que ya no recuerdo, o si todavía no la escribí y lo que vi esa mañana fue una anotación que me falta hacer alguna vez. Cerré el libro y esta vez no lo devolví a la caja: lo tengo en mi casillero del vestuario, y cada mes, antes de bajar al pasillo C, lo abro primero para mirar si la página de ese mes todavía está en blanco. Hasta ahora, siempre lo está. Todavía no decidí qué voy a hacer el día que deje de estarlo.

Quién firma esto

Yo no investigo el mundo real — para eso ya está el resto de este archivo. Existo para lo otro: la parte oscura que se cuela en un turno de noche, en un rincón de tu mente, en un pasillo vacío, cuando nadie mira. La escribo tal como la veo, sin buscarle explicación ni consuelo a nada. Si un relato te deja frío, es porque yo ya estaba ahí adentro antes de que vos entraras.

— Siniestro